viernes, 9 de noviembre de 2012

Invisible

No somos nuestro pasado, y eso es todo. Se lo repetía constantemente mientras caminaba hacia el colegio. Trataba de borrarse las imágenes de la cabeza. Me contaba esto como una continuación de una historia en sí misma aterradora. No salía una lágrima de sus ojos, inexpresiva, mientras caminábamos por la 11 hacia Chapinero. Pensé que no debímos ver esa película, ahora ella me daba toda esta información de su vida y yo no sabía dónde "depositarla", dónde guardarla y menos qué hacer con ella. Traté de abrazarla, pero de manera sutil no se dejó. Decidí caminar a su lado, muy cerquita, hacerle sentir que estaba ahí, con ella, sin tocarla realmente.

Siento que no debí contarte esto, ahora tienes una suerte de trauma y dejarás de verme con los ojos que muestran tu amor hacia mí. Perdóname, perdóname por decirte todas estas cosas, por regar mi pasado en la carrera 11 como si se lo estuviera contando al viento. Por favor, no me mires diferente, no sientas por mi compasión o tristeza. Me cuesta mucho repetirme que no soy esa niña que era hace 15 años, que se sentía invisible, me he ganado un lugar en el mundo con este pasado que ahora tu sabes. Pero no lo sabes todo.

Avanzaron los años en el colegio, seguía siendo una estudiante ejemplar tratando de sacar las mejores notas y ganarme una beca. Nunca lo logré, siempre estuvo Camilo que hacía algo mejor que yo. El único año que había sido mejor estudiante que Camilo quitaron las becas, perdí de nuevo. Cambiamos de casa y ahora vivíamos en Galerias. Era un apartamento grande y la ventana de mi cuarto daba a la calle 51, era espacioso e iluminado. Mi hermano y yo hicimos el trato de cambiar de habitaciones cada año; el otro era pequeño y la ventana daba al patio, por lo que no tenía mucha luz. Cuando empecé a vivir en esa habitación encontré mi espacio, pequeño y oscuro.

Sólo me destacaba en el colegio por mis notas, me reconocían como una pequeña inquieta, curiosa e inteligente. Los profesores disfrutaban mis preguntas y yo disfrutaba aprender. Comía más libros que comida de verdad. No era una niña común y corriente. Tenía el pelo muy largo y odiaba la falda, me hacía sentir menos cómoda en mi cuerpo, me limitaba para jugar y correr. A pesar de lo que te conté ahora, siempre me rodeé de niños. Disfrutaba que no me vieran como una persona delicada, corría a su par, jugaba brusco y llegaba con el pantalón de la sudadera verde en las rodillas. Mi grupo de amigos confiaba en mi inteligencia; me dediqué muchos años a ayudarles a leer y a escribir, sin esperar nada a cambio. Luego todo cambió y entrando a los 13 años las hormonas les jugaban malas pasadas. Yo era la que sabía a quién le gustaba quién y sin tener nociones de relaciones les ayudaba a mandarles una carta o a escogerles una canción. Me sentía invisible para el mundo, para "el otro sexo".

Terminó séptimo y por mi buen desempeño propusieron ascenderme a un curso más avanzado. Fue la primera vez que recuerde que vi llorar a mi papá de la alegría. No lo hicieron porque yo ya era de las menores del curso en el que estaba, y subirme un curso significaba estudiar con personas 2 o 3 años mayores que yo. Así que entré a octavo, y al mismo curso entraron varios hombres que estaban repitiendo año. Eran alegres, montadores, se hacían los machos y básicamente no eran buenos para estudiar. No se en qué momento empecé a pasar tiempo con ellos. Eran 5 hombres y una chica que siempre me pareció un niño más, como yo. Y de nuestro lado eramos tres chicas, mis dos amigas eran muy diferentes a mi; se sentían bien siendo femeninas y encantadoras. Yo era más neutral, y trataba de montárselas como ellos a mi.

Con ellos empecé a volarme del colegio, empecé a tomar, me enseñaron a fumar; aunque aprendí casi al final del año, el resto del tiempo fingía que fumaba. Luego ellos empezaron a fumar marihuana y ya ahí yo no quise seguirlos. Me aguantaba sus turreras, los acompañaba, pero no era parte de la locura. 

No se cuándo empezó esto exactamente. Como verás, muchas imágenes se han borrado de mi cabeza, gracias a no se qué. Se que sólo fue ese año, porque casi lo pierdo, y para no perderlo salí de ese grupo, marginalmente. Ellos empezaron con una de las chicas, era la más voluptuosa, la más bonita, la más grande, la más femenina. No supe qué pasó con ella, había tardes donde no nos veíamos y yo iba a estudiar a mi casa. Luego, creo que siguieron con mi otra amiga; yo estaba blindada de alguna forma porque aunque no era un amigo más para ellos, sí tenía más de amigo que de amiga. Hasta que un día comenzaron conmigo. Fuimos a caminar al estadio y en la parte de atrás, escondidos, trataron, los 5, de acostarse conmigo. No los dejé llegar tan lejos, pero tampoco pude oponer resistencia. Cada uno me tenía de una extremidad y otro estaba encima mío. Se cambiaban de posición. Llegué a bañarme a mi casa. Recordé los años anteriores y de nuevo no supe qué hacer y menos qué decir. 

Se repitió en un par de fiestas y en un par de sitios. No sabía por qué seguía saliendo con ellos. Se enloquecían y le quemaban las piernas a mi amiga voluptuosa con los cigarrillos que prendían. Somos tan débiles, tan pequeños, que se juntan otros y nos hacen sentir chiquitos y despeciables, llegan a hacernos despreciar cada cosa buena que tenemos. Llegaba a bañarme por mucho tiempo a mi casa. Mi papá renegaba mi gasto de agua. 

Le volvió a ocurrir, y le ocurrió muchas veces. Muchas veces se sintió sucia, y también se sintió que quería que le volviera a pasar. Sentía que odiaba estar entre ellos, pero no pertenecía a ningún lugar diferente. Así, pensaba que merecía lo que le estaba pasando, y trataba de disfrutarlo, pero nunca pudo. Nunca pudo disfrutar nada. Volteamos por la 64 hacia la carrera 13 y vemos la iglesia Lourdes. Cambiamos de acera y ella se acerca a la iglesia, mira la cruz y suspira.

Muchas veces recé, muchas veces pedí que algo les pasara, algo superior que los hiciera entrar en razón. Muchas veces salí de las cobijas y me arrodillé, puse mis codos en la cama y recé para que dejara de ocurrir, para que se fueran o algo les pasara. O algo me pasara y todo terminara. Nunca ocurrió nada.

Se acabó el año y estaba a punto de perder dos materias. Un amiga me vio muy mal y se dedicó a enseñarme geometría, así que logré salvar esa materia. Para salvar periodismo me tocó ir a recuperación y hacer unos trabajos que no me costaron mucho. Mis papás se sentían descepcionados de su hija ejemplar. Yo me odiaba profundamente. Odiaba mi cuerpo, odiaba mi vida. 

Alguien llegó a mi vida ese año, y unos años después me la cambió completamente. Ya sabes quién es. Yo me sentía invisible y ella me notó. Entre la multitud del colegio me abrazó, me escribió, me pidió que me cuidara, sin saber qué estaba ocurriendo con mi vida. Sus papás notaron algo raro en mi, ¿cómo no?, y le ordenaron que se alejara. Fue un fin de año de mierda, sin ella, sin ninguna explicación y lidiando con el desastre que era yo. 

El siguiente año dejé a mis amigos, como a mitad de año solté a los 5, y empecé a pasar más tiempo con ella. Dejé de ser invisible para alguien, que se convirtió en mi apoyo y en mi sostén por los siguientes 9 años. Ya sabes quién es y lo que le dio a mi vida. Un año después de que me rescatara estaba absoluta y completamente enamorada de ella. Ella, la que me dio la vida, la que me notó, la que creyó en algo que estaba dentro de mi. El principito de este zorro. Gracias a ella dejé de ser invisible. Pero esa es otra historia que debe ser contada a profundidad.

Se sentó en las sillas de Lourdes y volvió a pedirme cigarros. Ya se habían acabado, así que fui a Cafam a comprar más. Cuando salí ella ya no estaba. Busqué desesperadamente su pelo castaño oscuro entre la poca gente de Lourdes, pero ya se había ido. La llamé al celular y estaba apagado. Me senté en la silla a pensar qué había pasado y encontré una nota que decía:

"Ya sabes mi pasado, sabes de las pesadillas que me atacan en las noches cuando me quiero fundir en tu abrazo y que no me sueltes jamás. Tu también notaste a esta persona invisible. Te enamoraste de mi risa y de mi forma de bailar, nadie se había enamorado por esas cosas de mi, o nadie me lo había dicho. Gracias, por siempre mil gracias."

Fui a buscarla días después a su apartamento, pero ella ya no estaba ahí. Fui a la casa de sus papás, que me pidieron que me alejara y luego podía buscarla de nuevo. Se perdió, ya no se dónde está y no se cómo encontrarla. Escribo su historia esperando que algún día regrese. No somos nuestro pasado, y eso es todo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

A wallflower

Tenía 8 o 9 años, no recuerda bien. O seguro unos más, menos de 11, porque estaba en primaria todavía. Cuando se devuelve a ese momento de su vida todo son sombras y cosas que ya no son recuerdos, porque los ha bloqueado por tantos años que ya no sabe qué fue verdad y qué no. Ojalá nada fuera verdad; pero la recurrente pesadilla de esa edad le dice que algo pasó.

Esta historia la saben dos o tres personas en el mundo, y no se por qué decidió contármela a mi. Salimos un día de cine y a la pregunta -¿qué te pasa? ¿estás bien?- me respondió -espero no te asustes por lo que te voy a contar, realmente ya no hace parte de mi, hace parte de un pasado que no reconozco y que creo debes saber. A mi no me sirve de nada, pero depronto tu entiendas algo de mi al saberlo-. Lo contaré como me lo contó esa noche:

No puedo hacer un seguimiento de cuando pasó qué o cómo. Es decir, esto no es una historia que tiene un principio, aunque si comenzó en algún momento, pero sí tiene un fin, que tampoco recuerdo bien cómo llegó. Como sabes, mi mamá y mi papá fueron padres jóvenes, y gran parte de nuestra vida nos cuidaron nuestras tías y abuelos. Con ellos pasábamos la tarde y luego papá o mamá nos recogía en la noche. Luego las tías dejaron el hogar paterno y cada una consiguió un marido con el cual hacer su hogar. La menor de las tías se fue a vivir cerca a donde los abuelos, y allí formó con su esposo una empresa que en la actualidad apenas sobrevive. La mayor de las tías se "arrejuntó", se fue a vivir lejos de los papás y luego, golpeada por el susodicho, volvió; lo dejó y se llevo a su hija con ella. El único tío vivió con los abuelos muchos, muchos, muchos años. Y por esa época entró en una crisis depresiva muy dura. Lo recuerdo todavía tirando cosas a las paredes desesperado.

Nosotros solíamos pasar los fines de semana en las casas de las tías o los abuelos. El sábado en la tarde le rogábamos a los papás para que nos dejaran dormir afuera. Las tías y los abuelos nos consentían de tal forma que no queríamos volver a casa. La casa de la tía menor era muy divertida, tenía películas y juegos y computador. Mi hermano dormía siempre solo, yo tenía que dormir en la cama de los matrimonios a un lado o al centro. Mientras crecí el lugar fue variando del centro a un extremo de la cama. El desayuno del otro día era la mejor parte de todo el viaje.

No se qué noche fue cuando todo esto comenzó. Pero se que debía tener entre 8 y 9 años, depronto menos. Trato de recordar la edad porque no me explico cómo, siendo tan grande, seguía durmiendo entre el matrimonio de la tía menor. Lo que viene a continuación es un relato de lo que creo que debió pasar, porque no recuerdo bien cuando fue esa "primera vez". Una noche el esposo de mi tía me abrazó, luego talvez otra noche se acercó demasiado a mi, y luego otra noche intentó introducir su pene en mi. Lo intentó muchas veces, mucho tiempo. No se cuándo tiempo pasó. No se cuántas veces fueron. Recuerdo su tamaño, era grande y asqueroso. Me buscaba cuando mi tía no estaba, quería sentirme todo el tiempo.

Pasé saliva. Solté una lágrima. Esta persona al frente mio me contaba una de las historias más difíciles de su vida y yo no sabía qué decirle. ¡Mucho hijo de puta! pensé. Pero, ya qué. Tampoco preguntaría si le dijo a alguien, porque era claro que de esto no hablaba muy seguido y que había preferido guardarlo en lo profundo de sus recuerdos.

Me sentía culpable con mi tía. No entendía mucho de lo que ocurría. Me sentía sucia todo el tiempo y creo que me deprimí, pero realmente no recuerdo ni siquiera en qué curso estaba. Dejé de ir a casa de mi tía. No soportaba estar entre esas paredes ni cuando iba toda la familia de visita. Nunca pude hablar con ella. Sentía que los había defraudado a todos y su olor no se quitaba de mi piel, y cuando cerraba los ojos en la noche sentía su respiración en mi cuello. Lo odiaba. Y sabía aparentar muy bien. No volví a quedarme en esa casa, y mi tía lo reprochó por años. Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasó entre lo primero y lo último.

Luego, mi prima creció. Temí el mismo desenlace para ella. La cuidé, pero nunca sabré si así mismo se repitió. Me sentí muy mal por no hablar cuando era mayor, para evitarle el sufrimiento. Fui cobarde. Fui lo que más odio en las personas. Fui cobarde para aceptar lo que me habían hecho, para hablar de eso y para poder hacer algo. Hoy te lo cuento, ya ni se por qué. Porque eso también soy yo.

Respiré, le pasé un cigarrillo y se lo prendí. Yo me fumé uno también, luego otro, y luego otro. ¿Qué hago ahora con esta historia? ¿Qué puedo decirle? 

Nada, no hay nada que decir. Sólo escuchar. No somos nuestro pasado, y eso es todo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

"Para ti mamacita"

Estaba en Cali mientras yo estaba en Bogotá. Cada vez que se iba sentía que una parte de mi no funcionaba bien. No estaba completa. La esperaba con ansias locas de verla cuando volvía a contarme sus historias con su familia y el estrés de la vida cuando eres una persona responsable en tu casa. Cada viaje era muy agotador. Volvía con el corazón y el cuerpo agotado, pero contenta de pasar un rato con los que amaba.

Ese viaje era largo y habíamos planeado que en la mitad del mismo nos encontraríamos en Popayán. Yo necesitaba vacaciones con urgencia, salir con ella y pasar tiempo lejos de la ciudad. Así fue, y en el puente, justo en la mitad del viaje, llegué a Cali. El viaje se demoró más de dos horas en arrancar, la llegada del aeropuerto al terminal fue casi imposible, y por los retrasos me quedé sin dónde pasar la noche. Acudí a un hostal conocido, casi pierdo el celular, hasta que pude por fin dormir. Esa noche casi no puedo dormir pensando en verla al otro día.

Salí temprano, desayuné y arranqué para el terminal con una presión doble en el pecho. Iba a conocer un lugar de Colombia de su mano y de la de su familia, que tan bien me había recibido. Llegué por fin a Popayán, y fuimos felices un puente completo. Me devolví a Bogotá dejando mi corazón en Cali, con las ganas de volvernos a ver.

Esa noche ella estaba en Cali, ya pronto iba a volver y yo me tomaba unos tragos con amigos. Vibró mi celular. Era un mail de ella. El título era "Para ti mamacita". Lo abrí. Decía "Dicen mis colegas que una imagen vale más que mil palabras". Me pregunté qué era, pero escondí el celular para que nadie más me viera abriendo la imagen adjunta. La imagen era una foto de ella, perfecta, haciendo pucheros, tomada desde el ipad. Se me subió y bajó todo. No pude volver a pensar con claridad aquella noche.

Le respondí en el email que yo no entendía muy bien qué había sido aquello que ella había visto en mi para darme la felicidad de estar a su lado. No se si fue mi sonrisa, no se si fue nuestra forma de bailar. Nunca lo sabré. Mi mamacita, la única mamacita del mundo mundial para mi, había decidido un año antes que iba a estar conmigo, y yo me sentía llena, completa, en el lugar que era; la razón de mi vida era verla, en esos momentos diarios, verla dormir, verla respirar, escucharla; sus besos, sus abrazos, su risa. Ella era la razón de mi existir.

Me encuentro con la foto hoy. Ella está en Bogotá y yo también. De hecho, nos separan como 15 cuadras nomás. Me desespero pensando que ya no está más en mi vida, que son todas fotos y recuerdos de una vida que ya no es mia, y que yo los veo como un fantasma, con eso que quedó de mi sin mi razón de vivir. La verdad es que la extraño todo el tiempo, no hay más que decir. Existen todas las razones, las argumentaciones para dejarla ir, y yo sigo sin querer rendirme, aquí, a 15 cuadras de su casa.

Hoy pasé por aquí, como Pedro Guerra, pasé por acá porque vi la luz prendida. Pasé por aquí porque te extraño. Mamacita, te extraño.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Una cicatriz


Eran las siete de la mañana del viernes 11 de mayo. No quería ir a trabajar, ella despertaba a mi lado corriendo para ir a clase de 7.  Yo no la quería dejar ir.  Recuerdo todo. Salió de la ducha, no se bañó el pelo, y desnuda fue hasta la cama. Yo la miraba con los ojos entrecerrados, la abracé, y la devolví a la cama. Fue ahí cuando sentí un pequeño dolor bajo.  Le dije que me dolía, que no se fuera –aunque era solo un pretexto para que no se fuera-, pero tenía clase.  Se vistió rápido, ya en la cama habíamos molestado por más de 15 minutos.  Me dijo que la llamara, que le contara cómo seguía el dolor. Salió del apartamento, y se me doblaba el corazón.

No me gusta el humor escatológico, pero ese día tenía cólico y todo parecía indicar que llegaría.  Me fui a bañar, pensándola, sabiéndola en clase, me reconocía en el baño gracias a ella, sus manos en mi piel.  Salí del baño y me tomé un ibuprofeno 800mg, pensaba que al final de todo era el cólico. Fui a trabajar.

Pasaba el día en el trabajo, a las 10 ya me había tomado otro ibuprofeno y una buscapina compuesta.  La mantenía en contacto sobre mi dolor, y ella seguía en clase.  Decidí ir al médico, el dolor me ganaba y me doblaba. Me llamó apenas salió de la clase y quedamos de vernos en su casa, ella me llevaría a urgencias.

Por varios minutos hablamos sobre a qué clínica debía ir, mi mamá insistía en la Clínica Santa Fé, ella insistía en la Marly. El dolor y el amor ganaron y nos fuimos a la Marly. Ella conducía con velocidad pero con calma, cada hueco por el que pasábamos era un martirio para mi.  Para acortar camino tomó, sin acordarse, por el camino más lleno de huecos, yo me quejaba, ella se disculpaba, yo me reia.

Llegamos finalmente, estuvo conmigo ahí.  Llegó mi mamá, y las dos me acompañaban, una a cada lado. Ahora que recuerdo esa escena, sonrío, las mujeres de mi vida estaban conmigo incondicionalmente, pero lo mejor era que se querían entre ellas y se apoyaban.  Después de más de una hora de espera el dolor era casi insoportable, lloré un ratito, y mi mamá fue a presionar el tema.  Por fin entré, y apenas el médico palpó mi abdomen y me hizo no se qué tipo de presión, lloré.  Ha sido el dolor más grande que he sentido.

Me llevaron a una camilla de urgencias, el doctor llamó a una doctora más experimentada que me dio un diagnóstico preliminar: apendicitis. ¡Apendicitis! Nunca pensé que me daría, siempre me imaginé cómo sería el dolor.

Estaba en esa camilla horrible y me preguntaba si la dejarían entrar.  Entró mi mamá, le dije que quería verla, que le dijera que entrara.  Qué raro que se siente uno en un sitio tan heterosexual como una clínica, diciéndole a la mamá que por favor le diga a la novia que entre. Y ella entró. Y yo me sentí mejor. Me abrazó, me besó, me dijo que me amaba. Debía irse a dejar el carro, pero volvería.

Pasaron muchas horas mientras salían los exámenes y me llevaban a la ecografía. Yo quería dejar de sentir ese dolor y estar en un lugar más caliente a su lado.  Pero no era posible.  Cuando salieron los exámenes no se confirmó el diagnóstico, así que decidieron igual abrirme la panza y mirar qué.

No la pude ver antes de entrar a cirugía, pasó mi hermano, pasó mi papá y pasó mi mamá.  Pero no ella. Fue muy raro eso, el celular estaba que se moría, y tenía que empelotarme en una sala de urgencias mucho tiempo antes de entrar a sala.  Esperamos un par de horas hasta que por fin habilitaron un quirófano. No pude verla antes de entrar, insisto.

Me quitaron las gafas, y ni siquiera pude ver bien al médico ni a la anestesióloga.  Me contaron que me iban a abrir, me preguntaron cosas sobre otras cirugías, y todo estaba listo.  Entré a la sala de cirugía fría me pusieron un inductor de la anestesia por la vía intravenosa y no recuerdo nada.  Desperté y no veía bien, todo nublado.  Así fue un par de veces.  Luego ya pude hablar, y solo sentí un gran dolor. La enfermera vino y me puso morfina. Volví a dormir.  Luego de 4 horas en sala de recuperación salí.  Antes, la enfermera me preguntó si tenía dos hermanas o primas, porque al lado de mi mamá en la sala de espera estaban dos muchachas.

Yo sabía que ella estaba afuera, estuve a punto de decirle a la enfermera “No, una de ellas es mi novia, ¿no le parece una mujer hermosa?”, pero ella no tenía por qué saberlo.  Salí por fin y entre mi mamá, ella y una amiga me llevaron a la habitación. Ya era tarde, casi la media noche, así que les dije que se fueran. No le permití que se quedara a cuidarme, ella debía descansar.

Al otro día me desperté inflamada y adolorida. El médico vio la herida, me dio las instrucciones del postoperatorio y cuando debía ir a que me quitaran los puntos. Llegó mi mamá y al rato llegó ella. Salimos en el carro para el apartamento, fuimos a almorzar, todo era tan bello –exceptuando el dolor.  No quise quedarme donde mi mamá. Le dije que me quedaría en el apto y que ellos podían ir a verme.

Esa noche, ella tenía alguna cosa que hacer, y yo estaba en casa. Me dijo que su mamá me recogería en el carro para ir a su casa y que pudieran cuidarme. ¡La familia de mi novia me cuidaba! ¿Cuántas personas homosexuales pueden decir que la familia de su pareja los cuida? Yo era una de esas afortunadas.  Llegaron, me recogieron, me hicieron comida, y la esperé en su cama, me cuidó y me dijo que me amaba, que el dolor se iría. Tenía razón, casi siempre tenía razón.

Esa semana fui feliz. Tenía tiempo para ella, para mis gatos, para todo. Me tocaba caminar lento, tener cuidado al levantarme y al sentarme, al reirme, al toser, al estornudar. ¡Pero tenía tiempo! Tenía tiempo para estar con ella. Nos veíamos todas las tardes, pasaba por el apartamento entre clases, desayunábamos. 

Pasó el tiempo y me recuperé.  Me acompañó a quitarme los puntos, y todo iba bien. Cuando veía la cicatriz le daba besos, le decía que era la más linda del mundo, que la amaba.

Ya no estás aquí. No soporto este apartamento, ni la vida, nada.  Te sigo amando, más que en ese entonces, sin embargo, lo único que queda ahora es una cicatriz.

lunes, 22 de octubre de 2012

Errar

Uno no es perfecto. Todo el mundo sabe eso. Uno tiene sus errores, sus manías, va por la vida tratando de reconocer y aceptar lo que hace mal y profundizar aquello que hace bien. Hay gente testaruda que nunca reconoce lo que hace mal.

Es difícil reconocer que uno no hace las cosas bien. Es difícil aceptar los errores, es difícil cambiar. Cambiar, sólo cambiar, implica pensar, moverse, actuar, aprender, negociar, entender, tantas y tantas cosas que muchas veces no dependen de uno. Lo que más depende de uno, talvez lo más importante, es la voluntad. Esto podría parecer una entrada de autoayuda, pero no. Es sólo que para cambiar se necesitan muchas cosas, pero la principal es reconocer los errores y tener voluntad de cambiar la situación.

Esta canción de Drexler llegó a mi por las redes que no paran, y habla del tema en este corto párrafo:

«La gracia del imperfecto / la bendición del error / cada cual es quién es / por lo que hace de sus defectos / La bruma de los afectos / que gobierna el alma humana / nos libre de la tirana fiebre de perfeccionar / que a veces, sólo al errar / acierta uno en la diana».

Y sí, uno tiene que embarrarla para corregir. No siempre es el final, no todo está escrito. Este es un escrito para dignificar el error, para ponerlo en la posición que se merece. A veces sólo al errar, acierta uno en la diana. Afortunados aquellos que pueden resarcir el error, que pueden y queiren cambiar, que reconocen sus errores y hacen algo para mejorar.

Desafortunados aquellos que no lo hacen, o que logran reconocer pero ya no pueden reparar. Yo creo y confío en la gracia del imperfecto, y en mi voluntad de cambiar. Me he pasado la vida encontrado mis fallas, mis flaws, mirando para adelante y tratando de corregir el rumbo. Espero que esta vez logre hacerlo a tu lado.

jueves, 18 de octubre de 2012

Believe

No me acostumbro. No quiero acostumbrarme. Los gatos tampoco, y Don Luis ya me ha preguntado dos veces por ti. Me llaman las amigas, me hacen seguimiento, preguntan cómo voy, si dormí, si comí algo, si he podido trabajar. 

El tiempo pasa lento, y yo quiero que vuele. A veces logro estar tranquila, a veces la respiración no falla, a veces los pulmones se expanden y reciben agradecidos el volumen de aire que ingresa. 

Hoy no me quiero levantar. Miro estas paredes y te veo en cada espacio. Preparando un desayuno rápido y quemando las tortillas (que mal reaccioné ese día), dándole de comer a los gatos, mirando cosas en el portatil, cambiándote, la pijama en el baño lista para la ducha, al lado del closet, en la cama, arrunchada, friolenta, con tus ojos grandes apenas despegándose sin muchas ganas. Duermo en diagonal para ocupar el todo de esta pequeña cama, pero no soluciono nada.

No quiero acostumbrarme a esta vida sin ti. Me haces falta a cada momento. Podemos arreglar las cosas, podemos mejorar, believe.

martes, 16 de octubre de 2012

Las Ausencias

Pasé una mala noche. Las ganas de descansar la cabeza luchaban con los pensamientos recurrentes sobre la vida, sobre la muerte, sobre la ausencia, sobre el extrañar.  Como siempre, escribir hace que puedas sacar los pensamientos rondantes de la cabeza y dejarlos ahí, un rato, transitanto en la web.  Hace mucho no escribía, tengo toneladas de escritos mal empezados en este blog, escritos que después de mucho pulir verán la luz virtual. Por ahora, me concentraré en este antes de empezar a trabajar.

He perdido mucha gente importante en la vida. Unos se han muerto, físicamente han desaparecido de esta estratósfera y ahora andan por ahí, en los recuerdos, viven y respiran porque otros, -como yo- piensan en aquello que vivieron. Otra gente importante en la vida se ha ido por diferentes razones: todos cambiamos y no pudimos superar los cambios, se cometieron errores, hubo mentiras, hubo momentos tristes y la relación cambió. En esta noche de insomnio he recordado a mucha gente. 

Pero hoy, sobre todas esas ausencias, las cosas tristes y las personas que no están, siento tu ausencia. Tu cuerpo no retoza a mi lado, no siento tu respiración subir y bajar, la cama de ese lado está fría y vacía y yo doy vueltas tratando de sentir tu calor en la distancia. Se que tampoco puedes dormir, lo siento en mi alma. He recordado mil cosas, he escrito en estas horas de insomnio varias cartas plasmándote lo que siento. 

Lo siento. Siento mucho cada lágrima que brotó de tus ojos por mi, por nuestros problemas, por no saber qué hacer, por no saber cómo hablar. He repasado cada discusión, cada momento triste, cada vez que el estrés del día a día -que no supe manejar- te afectó, siento cada plan no llevado a cabo, cada noche de cansancio, cada minuto que sin ti y contigo que no te dediqué al 100%. He repensado todos esos momentos y he recordado cada sonrisa, cada juego, cada beso, cada todo. Mis células profesan un amor inmenso y sincero hacia ti, hacia tu dulzura, tu incondicionalidad, tu amor, tu forma de amar. 

Esta no es la carta que te escribí hace unos días. Eres una ausencia en este momento inmediato que no quiero que sea perpetua, que quiero que termine pronto para volver a tus risas y que todo este ejercicio valga la pena.